Noche de Todos los Santos en Torrejoncillo del Rey. Una luna llena, fría y lejana, iluminaba las calabazas vacías que, como cabezas mudas, vigilaban las tumbas del cementerio. Era la vieja costumbre: ahuyentar a las sombras con el hueco de una calabaza.
En la puerta de su casa, recién blanqueada con albariza, doña Elvira terminaba el ritual. Con mano temblorosa, dejaba caer el último hilo de puches dulces en la cerradura de hierro. “Para que no entren”, murmuró. Cerró la puerta y escuchó el silencio pesado de la noche.
Algo no estaba bien. Las calabazas del camposanto no brillaban con la luz de la luna. Estaban oscuras, como si algo hubiera pasado frente a ellas, tapando su luz. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Recordó la leyenda: si las calabazas se apagan, es porque ya han pasado los malos espíritus. Están dentro.
Se acercó a la ventana. En la madera de la puerta, la brillante albariza comenzaba a agrietarse, formando una fina línea negra que serpenteaba desde la cerradura. Algo estaba disolviendo la dulce barrera.
Y entonces, lo oyó. Un leve chasquido metálico, suave y húmedo. La cerradura. Alguien —o algo— estaba limpiando los puches dulces desde el otro lado.
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