- Al mirar atrás siempre una parte de nuestra historia se desvanece. Las huellas se confunden, las sendas se estrechan y algunos caminos se pierden. No hay forma de evitar que a la tierra pisada la cubra el polvo de los días y es en los pequeños pueblos castellanos, como Huerta de la Obispalía, donde el tiempo ha sido más implacable y mordaz.
Quedan, hoy, lejanas las nobles y poderosas historias de su nombre catedralicio y de su imponente castillo, pero no quedan tan distante aquel tiempo en el que las calles y caminos del pueblo eran cosidas con numerosos oficios y costumbres de generaciones que nacían, vivían y descansaban en estas casas, que cuidaban y trabajaban sus campos, y que poco a poco, se fueron silenciosamente marchando. Generaciones de hombres y mujeres que sin saberlo, alzaron un futuro que hoy, es nuestro presente.
Para revivir aquel pasado que explica el pueblo que hoy vemos no hay mejor forma que dejar navegar nuestra mirada entre las páginas del libro de Carlos Solano “Las huellas de la vida”. Como él mismo nos explica este libro “es una recopilación de setecientas fotos de la vida cotidiana a través del tiempo, con la idea de que así quedará el testimonio fotográfico de una época. Porque ¿qué es una foto? Es un instante de una vida, un segundo, pero que quedará para siempre”.
Y es que hay una historia de nuestros pueblos y nuestros campos que ya sólo quedará en los libros. Y no es la de los grandes hitos históricos como su gran castillo andalusí, ni su poderío castellano entre los siglos XIV y XV cuando se convirtió en lugar de veraneo del Obispado de Cuenca, sino la historia del día a día de sus trabajos, sus costumbres, sus tradiciones y sus gentes que vivieron entre estas calles de Huerta de la Obispalía.
La conversación con Carlos Solano, escritor e investigador local, nos arrastra a viajar por los orígenes de su altivo pasado medieval y de los tiempos dorados que vivió este pueblo. Pero también de su naufragio. Hablar de ese naufragio que ha llegado a nuestro presente en tantos y tantos pueblos castellanos. Porque, a pesar de los tantos trágicos sucesos acontecidos como el desplome económico de Castilla en el siglo XVII y la terrible Guerra de Sucesión, que dejó el caserío arruinado y la población mermada, el pueblo de Huerta, siempre supo reflotar y sobreponerse.
Y es hoy, ahora mismo, cuando Huerta, al igual que tantos otros pueblos, está sufriendo su naufragio más desesperanzador: la vertiginosa despoblación y la pérdida de la cultura oral e intergeneracional que formaba parte de la memoria colectiva del pueblo. Saberes, prácticas y tradiciones que, enraizadas a estos paisajes como encinas al monte, serpenteaba y caracoleaba entre los sucesos históricos. Peculiaridades culturales e identitarias que traducidas en historias, leyendas, cuentos, cantos y bailes que convertía a este pueblos en un lugar único e irrepetible.
Y entre todas estas costumbres y tradiciones que identificaban a Huerta de la Obispalía, estaban sus danzantes. Todo sucedía el día 7 de septiembre, cuando las nubes de tormenta acechaban en el horizonte; cuando una segunda primavera quería pintar los campos; cuando el cielo quedaba huérfano de golondrinas y las riberas silenciosas de ruiseñores; cuando las eras quedaban limpias y los trojes se llenaban de grano; cuando las uvas maduraban preparadas para ser pisadas en el jaraíz, y cuando las huertas se desnudaban y las alacenas se ordenaban.
Era cada 7 de septiembre cuando los danzantes acompañaban a la Virgen de la Fuensanta a su ermita situada a dos kilómetros del pueblo; cuando pintaban los campos y fachadas con sus trajes blancos y volanderas cintas; cuando bailaban por las calles y caminos con sus paloteos y castañuelas; cuando Huerta de la Obispalía se vestía de colores y sonidos.
Y es que en una vida dedicada al trabajo, sólo la música endulzaba el alma. Y es que la danza, como el canto, acompañaba el transcurrir de la vida. “Quien canta, su mal espanta” entona el viejo refrán. Los danzantes, como explica Carlos Solano “son ejemplos paganos que se pierden en el tiempo (…) y que luego fueron adaptándose a las religiones cristianas”. Bailes airosos y ancestrales que, al ritmo del tambor y la melodía de la dulzaina, amenizaban y coloreaban las tan ansiadas festividades, después del duro trabajo de la tierra. Sin embargo, y desafortunadamente, hoy son algunas de esas artes, como la danza, las que se han visto más afectadas y deterioradas en muchos de los pequeños pueblos de nuestro territorio.
Los danzantes solían ser entre 8 y 10 jóvenes del pueblo que, vestidos de blanco y con cintas de colores, ensayaban los ritmos de los paloteos y castañuelas con los que acompañar a la dulzaina y el tamboril. Y al mando de todos ellos, el Tio Pepe, último guardián, quien con la vara culminada por un rabo de zorra, los organizaba y dirigía… Pero igual de imprescindibles eran aquellas madres, hermanas y mujeres que preparaban sus trajes; cosían y vestían sus blancas camisas y pantalones; preparaban sus coloridas cintas; apretaban sus fajas; y ajustaban los bordados de sus altos calcetines.
Así, al ritmo del tambor y bajo la melodía de la dulzaina iban los ocho danzantes dirigidos por el jefe, bailando al ritmo del tambor y la dulzaina desde la iglesia a la Ermita de la Fuensanta. Coloreando y amenizando la vega del Záncara mientras sus campos se iban vistiendo de otoño. Vieja ermita que ya Madoz describe como “una ermita bajo la advocacion de la Fuen-Santa. ya casi arruinada por la falta de fondos” y es que en estos paisajes hace mucho tiempo que los tiempos pasados dejaron de ser mejores.
Ya en la ermita se bailaba y se daba la caridad, pan redondo y hueco fraguado con la mano del cariño de las mujeres de Huerta. Y allí, con todo el pueblo reunido, se bailaba y trenzaba la cinta de colores que como recuerda Carlos Solano “lo que más me llamaba la atención de niño era cuando bailaban la cinta, pues se iban entrecruzando unos danzantes con otros e iban enrollando la cinta en un mástil de madera haciendo unas figuras geométricas de colores muy bonitas. Luego lo hacían al revés y así se desliaba la cinta”.
Pero las generaciones se marchan y la vida cambia. Así, en la romería a la patrona la Virgen de la Fuensanta se ha perdido este color y este sonido que representaban los danzantes con sus bailes acompañados de sus castañuelas y paloteos. La última generación de danzantes se perdió allá en la década de los años 60. Aquella última cuadrilla compuesta por Juanito Oropesa, Romancete, Ángel Matas, Isidro, Juan José, Herminio, José Solano, Gregorio, José Álvarez…
Hoy, entre todos ellos, son sólo cuatro los danzantes que quedan vivos: José, Abel, Herminio y Pepe. Ellos son la viva voz de aquella artística y colorida tradición que se remonta en los tiempos y que hoy vemos agonizar. También la de aquellos niños, como Carlos Solano, que guardan el viejo recuerdo de verlos bailar y saltar entre las viejas calles de tierra. Y gracias a su libro “LAS HUELLAS DE LA VIDA (Huerta de la Obispalía)” ha conseguido que las huellas del tiempo y de la vida de este pueblo castellano no se borren del todo.
Hoy, el pueblo de Huerta de la Obispalía se alza como una nave sobre la vega del Záncara observando el pasar del tiempo. Los ojos de su torre y de los muros de su castillo contemplan el cíclico pasar de las estaciones y cuando llegan las largas tardes de verano, añora ver a los muchachos ir a ensayar a casa del Tio Pepe y el sonido envolvente de los paloteos y castañuelas y en septiembre, una lágrima cae al no verlos salir camino de la ermita de la Fuensanta.
Por eso, antes de que olvidemos el camino, el pueblo de Huerta quiere recordarlos. Para que queden siempre grabadas las huellas del tiempo, que aunque hoy parezcan lejanas son las que han hecho que seamos quienes somos. Por ello, este homenaje y el objetivo de visibilizar su patrimonio y por qué no pensar en un día recuperar esta artística y colorida tradición.
BIBLIOGRAFÍA
- LAS HUELLAS DE LA VIDA (Huerta de la Obispalía). Carlos Solano Oropesa
- Huerta, cabeza de la Obispalía. Carlos Solano Oropesa y Juan Carlos Solano Herranz.
- Una mirada a la historia y las tradiciones de Huerta de la Obispalía, entrevista a Carlos Solano Oropesa. Vestal Etnografía. https://www.youtube.com/watch?v=ma4OiaeXSS0&t=1s
Este reportaje forma parte del proyecto “Recuerdos de una tradición perdida: los danzantes de Huerta de la Obispalía” el cual se encuentra enmarcado en la SUBVENCIONES PARA LA RECUPERACIÓN DEL PATRIMONIO INTANGIBLE DE LOS MUNICIPIOS Y ENTIDADES LOCALES DE LA PROVINCIA DE CUENCA EN EL AÑO 2026, convocada por la Diputación de Cuenca, que solicita el Ayuntamiento de Huerta de la Obispalía.

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