No son oquedades naturales, sino las bocas de antiguas minas
Más de 100.000 personas han descubierto en redes sociales uno de los grandes tesoros ocultos de la Mancha conquense. «¿Sabes qué son estos agujeros en el campo?», pregunta el usuario Jesús Gadea en un vídeo grabado en un camino entre dos localidades de la provincia.
En las imágenes se aprecia un terreno salpicado de brillos blancos que refulgen al sol. No es sal ni simple yeso. Es espejuelo, el mineral conocido en época romana como Lapis Specularis. Y esos agujeros no son oquedades naturales, sino las bocas de antiguas minas que convirtieron a Cuenca en el principal centro productor de este material en todo el Imperio romano.
El lapis specularis es un yeso selenítico de cristales grandes y transparentes que, antes de la generalización del vidrio soplado, se utilizaba como «cristal» para ventanas, lucernarios y cerramientos. Era un bien de lujo muy apreciado por su capacidad de dejar pasar la luz y proteger del frío y la lluvia.
Desde la actual provincia de Cuenca se exportaba a distintos puntos del mundo romano, hasta el punto de que estas explotaciones fueron consideradas las más importantes del Imperio. El propio Plinio el Viejo dejó constancia de que el mejor lapis specularis de Hispania se encontraba en un radio de cien mil pasos romanos -unos 147 kilómetros- alrededor de Segóbriga, la ciudad romana situada en el actual término municipal de Saelices, cuya prosperidad estuvo estrechamente ligada a la riqueza minera del territorio.
Más de 6.000 km2
Geológicamente, estos yacimientos se asientan sobre los terrenos terciarios de la Cuenca de Loranca y se extienden a lo largo de más de 6.000 kilómetros cuadrados, repartidos entre La Mancha, la Alcarria y la Sierra, en las provincias de Cuenca y Toledo. Se han identificado 27 complejos mineros, algunos con centenares de explotaciones subterráneas.
La actividad extractiva se desarrolló principalmente durante el Alto Imperio y fue abandonada a lo largo del siglo II d.C. Desde entonces, apenas se han realizado intervenciones, lo que convierte a estas minas en un conjunto arqueológico excepcional. Se conservan prácticamente intactas, tal y como las dejaron los romanos.

Pueden visitarse
Las minas son siempre subterráneas y, por lo general, poco profundas, sin superar habitualmente los 30 metros desde la superficie. Las galerías suelen ser estrechas, en ocasiones de menos de un metro cuadrado de sección, aunque no es raro encontrar cámaras que alcanzan varios metros de altura. El acceso original se realizaba mediante pozos verticales o socavones subhorizontales. Hoy, muchas de las entradas visibles se han generado por el colapso natural de galerías o cámaras, lo que explica la presencia de esos “agujeros” que sorprenden al caminante.
Parte de este patrimonio puede visitarse en la actualidad. Las minas de La Mora Encantada, en Torrejoncillo del Rey; La Condenada y La Vidriosa, en Osa de la Vega; y las Cuevas de Sanabrio, en Saceda del Río (Huete), permiten adentrarse en galerías originales y comprender la magnitud de una actividad que atrajo a comerciantes de distintos puntos del Imperio.
Fuente: eldigitaldecuenca.com
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