Un estudio multidisciplinar publicado en la revista Geoheritage desvela que las extracciones romanas de cristal de yeso en Segóbriga (Cuenca) alcanzaron más de 30 kilómetros de galerías subterráneas, comparables a las grandes minas de oro y plata de Hispania.


Durante siglos, los ventanales de las villas más lujosas de Pompeya, los baños del emperador Calígula y los invernaderos donde Tiberio cultivaba pepinos fuera de temporada compartían un secreto: no estaban acristalados con vidrio, sino con un mineral transparente extraído de las entrañas de la actual provincia de Cuenca en España. Era el lapis specularis, una variedad de yeso selenítico tan puro que podía partirse en láminas tan finas que permitían leer a su través.

Lo que durante años fue una nota a pie de página en los manuales de historia, se revela ahora como una de las operaciones industriales más sofisticadas del Imperio Romano. Un equipo de investigadores españoles ha publicado un trabajo que sintetiza décadas de arqueología, geología e historia para ofrecer la primera visión completa de lo que describen como un auténtico distrito minero en el corazón de la Meseta.

Los hallazgos demuestran que la minería del lapis specularis alcanzó una escala y complejidad comparable a la de los principales distritos metalíferos de la Hispania romana, afirman los autores en la introducción del estudio.

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Las ubicaciones de las zonas mineras en la Península Ibérica. Crédito: A. Alonso-Jiménez et al. 2026

La geología que hizo posible el milagro

Para entender el valor de este material, hay que viajar 20 millones de años atrás, al Mioceno. En lo que hoy es la cuenca del río Loranca, existía un vasto sistema de lagunas someras y saladas. En un clima árido, la evaporación del agua provocó la precipitación de sulfato cálcico, formando extensas capas de yeso. Sin embargo, el lapis specularis no se formó entonces.

El estudio explica que, millones de años después, los movimientos tectónicos fracturaron el terreno. El agua de lluvia se filtró por esas grietas, disolviendo las capas de yeso más puras y creando enormes cavidades subterráneas. Fue en el interior de esas cuevas, en un ambiente químico de altísima estabilidad y temperaturas constantes entre 15 y 20 grados, donde el yeso volvió a precipitar, pero esta vez en forma de cristales gigantes, transparentes y con una exfoliación perfecta.


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La pureza mineralógica supera el 95% de yeso en masa, con impurezas mínimas de arcillas u óxidos de hierro, detalla el texto, lo que explica su transparencia. En algunos casos, los cristales alcanzaron longitudes de más de 150 centímetros y grosores de hasta 10 centímetros. Los geólogos llaman a esto un depósito asociado a paleokarst, y los romanos, con una intuición práctica asombrosa, aprendieron a seguir esas irregulares venas subterráneas.

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Restos de la basílica del foro de Segóbriga. Crédito: D. Urbina

La ingeniería de lo subterráneo: ciudades bajo tierra

Las minas de lapis specularis eran complejas redes planificadas. Los arqueólogos han documentado complejos como La Condenada, en Osa de la Vega, con más de 5 kilómetros de galerías accesibles, o Los Espejares, en Huete, que junto con otras explotaciones suma más de 20 kilómetros.

El estudio describe con detalle la precisión de la ingeniería romana. Los mineros abrían pozos verticales de sección cuadrada (unos 2×2 metros), con pequeñas muescas talladas en las paredes a modo de escalones para el ascenso y descenso. Desde ahí, partían galerías de extracción.

Evidencia arqueológica de herramientas mineras romanas: marcas de cincel en un bloque de lapis specularis. La huella cuadrada corresponde a una cuña de hierro utilizada para separar las losas de yeso. Crédito: Bernárdez Gómez & Guisado di Monti, 2010

Para iluminar la oscuridad perpetua, tallaron miles de pequeños nichos en las paredes (lucernaria), de unos 9x8x5 centímetros, donde colocaban lámparas de aceite. La separación entre estos nichos, de 0,6 a 1,4 metros, revela un cálculo preciso para mantener la luz constante en el frente de trabajo.

Uno de los hallazgos más espectaculares es el sistema de drenaje de Los Espejares. Los ingenieros romanos diseñaron una red de galerías profundas conectadas al río Cigüela para evacuar el agua y evitar inundaciones, una obra de ingeniería hidráulica que demuestra la magnitud de la inversión. En la superficie, el terreno quedó marcado por cientos de pozos de exploración y explotación. Como señala el estudio: Los romanos debieron llevar a cabo una exploración del terreno verdaderamente sistemática, utilizando un método de prueba y error.

Una sociedad construida sobre el cristal

La riqueza generada por este mineral transformó Segóbriga. La ciudad, un antiguo castro celtíbero, fue elevada a la categoría de municipium y dotada de monumentos impropios de una ciudad del interior: un teatro, un anfiteatro y un circo. Los autores relacionan directamente esta opulencia con la minería.

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Lámina romana translúcida de lapis specularis procedente de Segóbriga. La exfoliación laminar permitía producir láminas lo suficientemente finas como para leer a través de ellas, lo que confirma la descripción de Plinio de «placas tan finas como se desee». Crédito: Bernárdez Gómez & Guisado di Monti, 2010

La existencia de un teatro, anfiteatro y circo en Segóbriga sugiere un nivel de desarrollo excepcional, impulsado en gran medida por la riqueza generada por la explotación de las minas de lapis specularis«.

La organización del trabajo era compleja y estratificada. El Imperio, a través del fisco (la hacienda imperial), controlaba la propiedad de las minas, probablemente supervisadas por un procurador. Pero la operación diaria se dejaba en manos de contratistas locales y élites de Segóbriga. En cuanto a la mano de obra, el estudio distingue entre los artesanos especializados (lapidarii), hombres libres o libertos que cortaban y preparaban las delicadas láminas, y la masa de trabajadores forzados.

Las duras condiciones subterráneas (espacios confinados, alto riesgo de derrumbe) son consistentes con el tipo de trabajo forzado reservado para aquellos cuya prescindibilidad los hacía aptos para actividades de alto riesgo. La alta proporción de esclavos y libertos en las inscripciones funerarias de la zona (cerca del 10%, muy por encima de la media) confirma esta estructura social.

El comercio de la luz

Una vez extraído, el lapis specularis iniciaba un viaje de casi 200 kilómetros hasta la costa. Los investigadores han propuesto la existencia de una vía especializada, la Vía del Lapis Specularis, que conectaba los complejos mineros con el puerto de Carthago Nova (Cartagena). Desde allí, barcos mercantes transportaban los preciados bloques hasta Ostia, el puerto de Roma. Análisis arqueométricos realizados sobre ventanas encontradas en Pompeya y Herculano han confirmado que el yeso selenítico procedía de las minas españolas.

El precio estaba justificado por su función única: proporcionar una luz tamizada pero real, y aislar del frío mucho mejor que el vidrio primitivo. Plinio el Viejo ya había señalado que el mejor lapis specularis del Imperio se encontraba en un radio de cien mil pasos alrededor de Segóbriga. El emperador Tiberio lo utilizó para construir los primeros invernaderos de la historia (specularia) y poder comer pepino todo el año, un capricho que subraya el valor casi místico del material.

Sin embargo, el mismo Imperio que creó esta industria acabó por destruirla. El estudio aborda el declive a partir del siglo II d.C. La causa no fue un agotamiento repentino de las minas, sino una combinación letal de tecnología y economía.

El factor principal fue la mejora en la fabricación del vidrio plano. Aunque el vidrio existía desde milenios atrás, fue en el siglo I d.C. cuando las técnicas de soplado y colado permitieron producir placas de vidrio de un tamaño y transparencia aceptables para ventanas, a un coste mucho menor. El yeso, por muy bello que fuera, requería una extracción minera costosa y un transporte delicadísimo.

Los autores concluyen que la sustitución económica fue el principal motor del colapso, catalizado por las limitaciones geológicas del recurso, que hacían inviable una extracción continuada de alto coste una vez que existía un sustituto más barato. El Edicto de Precios Máximos de Diocleciano, del año 301 d.C., todavía menciona el lapis specularis como un producto regulado, lo que indica que su comercio no cesó de inmediato, pero su papel central en la economía y la arquitectura de lujo había terminado.

Hoy, las minas que iluminaron Roma son objeto de un nuevo interés. El artículo reivindica su valor como geopatrimonio. Las redes de galerías, los pozos y el paisaje kárstico circundante constituyen un testimonio único de la interacción entre el ser humano y la geología.

Las minas representan un testimonio único de la ingeniería y la explotación de recursos romanas, conservando paisajes y redes subterráneas que combinan características geológicas, arqueológicas y culturales de excepcional relevancia, afirman los autores en sus conclusiones. Algunas, como La Mora Encantada, ya han sido acondicionadas para el turismo, permitiendo a los visitantes adentrarse en las entrañas de la tierra y comprender, en primera persona, el esfuerzo titánico que supuso extraer la luz que un día brilló en las ventanas del Imperio.


Alonso-Jiménez, A., Regueiro González-Barro, M., Urbina Martínez, D. et al. The Fall of the Gypsum Empire. Geoheritage 18, 23 (2026). doi.org/10.1007/s12371-026-01268-9