Hoy os dejamos un interesante artículo sobre a que modelo de agricultura queremos ir, y dado que toda nuestra región es netamente agraria consideramos que deberíamos leerlo y reflexionar que futuro queremos para nuestra tierra.
Si un día deseamos mantener una agricultura de dimensión humana y
vertebradora del territorio, la organización colectiva es la única
manera de hacerlo compatible con la economía de mercado
Para
mercados locales, circuitos cortos, productos muy específicos, un tamaño
reducido de cooperativa puede ser un acierto, por flexibilidad y costes
operativos
Para los grandes mercados, las cooperativas pequeñas son un lastre que debilita a los productores
El debate sobre la
economía social y cooperativa está más vivo que nunca en estos momentos
en los que mejoran ciertas cifras macroeconómicas. Nos gustaría
contribuir con algunas reflexiones desde el ámbito en el que
desarrollamos nuestra actividad profesional e investigadora, el del
sector agrario y alimentario y el de las políticas públicas con él
relacionadas.
Partiremos del estudio titulado en inglés Support for Farmers’ Cooperatives
(el apoyo a las cooperativas agrarias), realizado para la Comisión
Europea en los años 2011 y 2012. En este estudio, se analiza la
situación de las cooperativas agrarias en todos los Estados miembros de
la Unión y se llega a unas conclusiones interesantes. Que sepamos, no
hay otro estudio que analice y compare la situación de la economía
social de cualquier otro sector productivo en todos los Estados miembros
de la Unión, con una metodología armonizada y unas preguntas de
investigación comunes. Creemos que algunas de sus conclusiones pueden
ser útiles e interesantes también para otros sectores de la economía.
Una de ella es que los precios percibidos por los
agricultores son mayores en las regiones en las que el cooperativismo es
fuerte con respecto a las otras. En un contexto de cadena alimentaria
desequilibrada, en el que el poder está en manos de la gran
distribución, la organización en cooperativa es positiva para los
agricultores asociados y también para los no miembros.
Otra conclusión es que, en las regiones con fuerte presencia
cooperativa, las empresas privadas pagan un precio medio al agricultor
más alto que el pagado por las cooperativas. Esto se explica fácilmente.
En sectores con márgenes comerciales muy reducidos, como pueden ser el
de los cereales, todos los actores (sean cooperativas o privados) están a
la búsqueda de volúmenes para comercializar. En España, en particular,
la situación se acentúa al ser una zona deficitaria. Pero en los
restantes sectores, la regla general es que las empresas privadas
intentan quedarse únicamente con los mejores agricultores, más grandes,
mejor localizados y se hacen cargo únicamente de la parte de la
producción que les interesa. En España, es claramente el caso en
sectores clave como el vino, el aceite de oliva y la leche.
En el polo opuesto, cuando se preguntó a los socios de las cooperativas
cuáles eran las razones de su adhesión, las dos más frecuentemente
citadas fueron el que la cooperativa se hace cargo de toda la producción
de sus socios y la seguridad del cobro. Este segundo factor fue
resaltado con fuerza en los nuevos Estados miembros de la Unión Europea,
en donde los agricultores fueron primero víctimas de la burocracia
estatal y luego de los tiburones del capitalismo más salvaje.
La cuota de mercado de las cooperativas es mayor en las primeras fases
de la comercialización, acopio del producto y/o primera transformación,
que en las siguientes. En España, la división del trabajo en las décadas
de los sesenta y setenta dejaba la segunda transformación en manos de
la industria privada. En los países del mercado común, a este fenómeno
se sumó la especialización de las cooperativas en los productos que
tenían garantía de compra por la intervención comunitaria, como los
cereales, la leche en polvo, la mantequilla y el alcohol vínico.
Aseguran, además, otros servicios al agricultor que no siempre son
pagados a su coste real.
La última década ha visto
dos nuevos fenómenos que van en sentido opuesto. Por un lado, la
desaparición de la intervención ha empujado a ciertas cooperativas hacia
la creación de valor añadido. Es el caso, por ejemplo, de las
cooperativas lácteas Arla y Campina. Por otro, la mayor competencia
industrial ha empujado a las empresas privadas que tenían algún pie en
la primera transformación a retirarlo y a vender las instalaciones a
cooperativas con las que pueden mantener incluso contratos de
suministro. Es el caso de Heinz en el tomate para industria o el de
Unilever en el aceite de oliva.
Dos preguntas
Nos tenemos que hacer, en esta fase de la reflexión dos preguntas
importantes: ¿Qué agricultura queremos? ¿Qué agricultores queremos?
Si deseamos mantener una agricultura de dimensión humana, vertebradora
del territorio, anclada en los pueblos, la organización colectiva es la
única manera de hacerlo compatible con la economía de mercado. Téngase
en cuenta que hemos utilizado la expresión "organización colectiva" y no
la de "cooperativas", porque las firmas que adoptan los agricultores
para actuar juntos son variadas. Por supuesto, las cooperativas son el
núcleo duro y mayoritario, pero otras fórmulas legales, incluso
sociedades anónimas o limitadas, tienen amparo bajo el paraguas jurídico
comunitario de las "organizaciones de productores".
Sabemos que se trata de una condición necesaria, aunque no suficiente.
El agricultor individual, salvo los de muy gran dimensión, ni tiene
capacidad para construir el valor de sus productos y defenderlo frente a
la gran distribución, ni tiene capacidad para incorporarse a la nueva
ola de cambio tecnológico de la agricultura 2.0, de los drones.
Organizado, puede añadir valor y servicios a sus productos,
diferenciarlos en el mercado, negociar en mejor posición contratos con
sus compradores, acceder a los beneficios que la nueva agricultura 2.0
va a brindar.
En Valencia se ha desarrollado una
interesante práctica para hacer frente al envejecimiento de la población
agraria, al minifundismo y evitar el abandono de parcelas, con todas
las implicaciones fitosanitarias que esto podría tener. Algunas
cooperativas se están haciendo cargo de las tierras de los agricultores
que se jubilan, cultivándolas directamente desde la cooperativa o
instalando agricultores jóvenes sobre explotaciones de aceptable
dimensión.
Queríamos hablar ahora de dos prejuicios
muy difundidos, el de "small is beautiful" (lo pequeño es bonito) y el
de "un hombre, un voto"
Son muchos, demasiados, los
que piensan que las pequeñas cooperativas (como lo son los pequeños
agricultores) son mucho mejor que las grandes porque están mucho más
próximas a sus socios. Todo depende, a nuestro juicio, del mercado en el
cual trabaje la cooperativa.
La cooperativa pequeña
es un instrumento adecuado para trabajar en un mercado pequeño, por su
ámbito geográfico o por las características del producto. Para mercados
locales, circuitos cortos, productos muy específicos, un tamaño reducido
puede ser un acierto, por flexibilidad y costes operativos.
Iniciativas como las de Madrid Agro-Ecológico
de un mapeo de los grupos de consumo existentes para que cualquiera que
quiera contactarlos lo pueda hacer de manera sencilla es una buena
idea. El extenderlo a un mapeo de los productores para, entre otros, que
se conozcan y se coordinen para ahorrar costes logísticos es otra
excelente iniciativa.
Para los grandes mercados, las
cooperativas pequeñas son un lastre que debilita a los productores.
España es un gran país exportador. El excedente comercial de la balanza
agroalimentaria alcanza los 10 billones de euros. Muchos territorios
viven gracias a ello, desde los oleicultores de Jaén hasta los
horticultores de Almería pasando por los viticultores de Castilla-La
Mancha. La exportación es el mercado principal de los productores
ecológicos. En estos mercados, para ser alguien hay que ser grande.
Hoy es necesario mejorar tanto la organización social para abordar los
mercados locales como la cooperación para estar presente en los mercados
globales.
Ya sabemos que algunos solo apuestan por
los circuitos cortos y los mercados locales. Pero la construcción de una
utopía realista pasa por apoyar decididamente esta agricultura y estos
agricultores, aunque también a la agricultura de exportación o
suministradora de nuestros supermercados, siempre, por supuesto, que se
enmarquen en estrategias productivas sostenibles.
Las
cooperativas pequeñas pueden presentar problemas de gobernanza,
relacionados, por ejemplo, con la falta de capital humano suficiente o
con el riesgo de caciquismo. Pero es verdad que una cooperativa grande
plantea problemas de gobernanza importantes. El estudio europeo al que
nos referimos al principio recolectó algunas de las respuestas a este
reto de gobernanza que los agricultores de distintos Estados miembros
habían encontrado.
Entre ellos, destacaríamos cinco, algunas más evidentes que otras:
- La formación cooperativista y empresarial de los miembros del consejo rector y de los empleados, pero también de los propios socios. Las cooperativas son empresas de economía social, y allí los dos términos son importantes, tanto el de economía como el de social.
- La trasparencia interna de la información, muy facilitada por las nuevas tecnologías.
- La profesionalización de los técnicos.
- La transparencia en el reclutamiento.
- El mantenimiento y la animación de secciones locales, que deben desempeñar un papel decisivo en el suministro de servicios y apoyos a los socios.
- La existencia de consejeros independientes en los consejos de gestión o de administración, con consciencia cooperativa. Estos pueden provenir de otros sectores económicos que el agrario y alimentario e incluso de otros países que el de la cooperativa.
Esta lista no es
exhaustiva, ni garantía de éxito, pero nos parece útil. Entre otras
opciones cabría destacar, por ejemplo, la realización de una universidad
de verano o una escuela de cuadros que reúna a participantes del
conjunto de los territorios o actividades en los que trabaja la
cooperativa.
Desgraciadamente en el estudio no se ha
abordado el papel que las mujeres desempeñan, pueden desempeñar o
deberían desempeñar en el proyecto cooperativista. Es verdad que la gran
mayoría de los investigadores que en él trabajaron son hombres, que
este tema no estaba en la época tan de actualidad como hoy, pero no deja
de ser una laguna importante y lamentable en el mundo del
cooperativismo.
¿Un socio, un voto?
Existen pocos estudios sobre el tema de la presencia de la mujer en el mundo cooperativo, aunque es verdad que la Confederación de Cooperativas Agroalimentarias ha abierto una línea de trabajo sobre el tema y ha fundado la Asociación de Mujeres de Cooperativas Agroalimentarias de España.
La participación de la mujer en el seno de las cooperativas es aún
inferior a su protagonismo en los sindicatos agrarios, que ya de por sí
es muy reducida.
Estamos tocando aquí un segundo principio establecido por la Alianza Cooperativa Internacional (ACI),
el del control democrático de la cooperativa por los miembros que
tradicionalmente ha pasado, al menos en las cooperativas de base o de
primer grado, por el principio de "un socio, un voto".
Este principio, histórico ciertamente, choca con la cruda realidad de hoy en, al menos, dos aspectos importantes.
El primer desencuentro nace de la existencia de socios activos y socios
no activos. En las cooperativas agrarias, muchos jubilados de la
actividad agraria siguen siendo socios de las cooperativas. A veces
pueden incluso representar la mayoría de los votos. Cuando los
dirigentes de la cooperativa se encuentran ante grandes decisiones, como
la de realizar inversiones importantes, la lógica patrimonialista de
los socios jubilados puede llegar a chocar de frente con la lógica
económica y productiva de los socios activos. Esto puede llevar a la
muerte lenta de la cooperativa o a su abandono por los socios más
dinámicos.
El segundo desencuentro fue subrayado por
el estudio del que ya hemos hablado anteriormente. El análisis comparado
de las cooperativas europeas concluye que funcionan mejor aquellas en
las que el voto está ponderado por la actividad del socio en la
cooperativa que en aquellas que respetan estrictamente el principio "un
socio, un voto".
No se trata de dar más poder al gran
agricultor frente al pequeño, sino de dárselo a aquel socio que utiliza
plenamente todos los servicios de la cooperativa, desde la
comercialización de una amplia gama de productos hasta la compra de
insumo o el uso de maquinaria, por poner solo algunos ejemplos del día a
día de un cooperativista.
Tomás García Azcárate
es investigadore del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del
CSIC y presidente de la Asociación Española de Economistas Agrarios.
Alicia Langreo Navarro es directora de la Sociedad de Estudios Saborá.
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